Solemos pensar en la resiliencia como un rasgo de carácter: hay niños "fuertes" y niños "sensibles", y ya. Pero la investigación sobre desarrollo infantil dice algo distinto y, la verdad, más esperanzador: la resiliencia no nace, se construye. Y se construye sobre todo a través de relaciones y experiencias concretas, no de discursos sobre "ser fuerte".

La Asociación Americana de Campamentos (American Camp Association, ACA) —la organización más grande de Estados Unidos dedicada a estudiar el impacto del campamento de verano en la niñez— ha documentado durante años qué es exactamente lo que hace que un niño salga de un campamento más capaz de sostenerse ante la adversidad. La buena noticia para nosotros como papás y como campamento: casi todos esos ingredientes son cosas que un campamento bien diseñado ofrece de forma natural, todos los días.

Los ingredientes reales de la resiliencia

Citando al investigador canadiense Michael Ungar, referencia obligada en el tema, la ACA identifica varios factores que construyen resiliencia en la niñez y la adolescencia. Así es como se ven en la vida diaria de un campamento:

  • Relaciones de confianza con adultos que no son sus papás. Un instructor que lo ve todos los días, que celebra sus logros y lo acompaña en sus tropiezos, le muestra al niño que puede confiar en el mundo más allá de su familia.
  • Un sentido de identidad propio. Lejos de la comparación constante del salón de clases o de las redes sociales, el campista descubre qué se le da bien, qué le gusta y quién es cuando nadie de "su mundo de siempre" lo está viendo.
  • Sentido de control y autoeficacia. Elegir una actividad, terminar un reto de obstáculos, resolver un conflicto con su equipo: pequeñas decisiones que le enseñan que sus propias acciones tienen efecto en el mundo.
  • Trato justo. Reglas claras y las mismas para todos, sin importar quién es su papá o cuánto gasta la familia — algo que en la convivencia diaria del campamento se vive de forma muy directa.
  • Bienestar físico. Dormir, comer, moverse y estar al aire libre — la base fisiológica de la que depende toda la demás resiliencia emocional.
  • Sentido de pertenencia a una comunidad. Un equipo, una cabaña, un grupo de amigos que lo reciben tal cual es.
  • Conexión con su cultura y sus raíces. Tradiciones, valores e historias compartidas — en nuestro caso, casi cuatro décadas de historias de familias del Bajío que se repiten generación tras generación.
Un dato que nos parece especialmente importante: la propia ACA señala que los niños con menos apoyo en su entorno cotidiano —los más tímidos, los que la están pasando difícil en la escuela o en casa— son quienes más se benefician de estas experiencias. El campamento no es solo diversión: para muchos niños es el lugar donde encuentran, por primera vez, ese "adulto extra" en quien confiar.

Cómo lo vivimos en Ojo Ciego

Con 37 años formando a niños, niñas y jóvenes del Bajío, hemos visto una y otra vez la misma escena: el campista que llega tímido, callado, pegado a la maleta el primer día, y que dos semanas después regresa a casa parándose distinto, hablando distinto, mirando a los ojos de otra manera. No es magia. Es la suma de pequeñas victorias diarias, acompañadas por instructores capacitados, dentro de una comunidad que lo sostiene sin sobreprotegerlo.

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Fuente: American Camp Association (ACA), "Camps Help Make Children Resilient" — acacamps.org. Adaptado y contextualizado para Ojo Ciego Camp.